Hoy, 17 de mayo, se festeja el Día de Internet. Y dejame arrancar con una confesión que me da un poco de gracia y bastante pudor: yo también soy un influencer (instagram.com/federicolk). Me miran en las redes, subo mis videos, hablo de tecnología y filosofía. Pero, te soy brutalmente honesto, detesto la dinámica de ese ecosistema. Me gusta mucho más estar en la sombra, craneando y analizando, aunque sé que hoy, si tenés algo para decir, tenés que poner la cara. ¡Shakira, no sólo las mujeres facturan che! Ja.
Pero lo que me saca de quicio es la dictadura del algoritmo. Si hacés un Reel para Instagram o un video para TikTok, el sistema te pone un chumbo en la cabeza: tenés exactamente cinco segundos para enganchar al lector, o el tipo hace un swipe y se te va.
Esa tiranía de la velocidad nos metió en un bucle perverso. Te obliga a resumir, a gritar, a hacer un show pirotécnico para retener la atención. La cual me niego, prefiero ser yo mismo con mis errores. No hay margen para desarrollar ideas profundas. Terminamos consumiendo horas de contenido que tiene muchísima superficie, pero cero fondo.
Pichones con el pico abierto
Antes, nosotros usábamos Internet para buscar lo que queríamos leer. Había una intención. Hoy, abrimos la aplicación y nos quedamos como pichones en el nido, con el pico abierto, esperando que el algoritmo nos vomite en la boca el próximo estímulo dopamínico. Ni siquiera decidimos qué consumir; el código matemático lo resuelve por nosotros.
Esto es la Gula en estado puro. Tragamos y tragamos estímulos visuales, pero no pensamos. Dejamos el bocho en punto muerto. Estamos matando nuestra Fricción Cognitiva Necesaria (FCN) esa necesidad vital de prender las neuronas y hacerlas recalentar un poco.
Por eso, en casa, con nuestras hijas libramos una batalla diaria. Como padres que intentan superarse (y pifian, como todos), preferimos mil veces que usen el Razonamiento Computacional (RC) de manera activa. Que se sienten frente a Gemini a crear un cuento, a diseñar una imagen, a aprender por qué el cielo es azul o a que la máquina les tome un examen para el colegio.
Usar la tecnología generativa de forma creativa y activa es más sano que el consumo pasivo de la hiper-conectividad. En un lado estás construyendo; en el otro, te están anestesiando.
El "Doña Rosa" corporativo: Garbage In, Garbage Out (GIGO)
Pero ojo, que esta Gula no es solo un problema de adolescentes con el celular. A nivel corporativo, el empacho de datos está fundiendo empresas. Llevo más de 25 años como consultor de negocios y, no importa si hablo con una pyme tucumana o una multinacional enorme, el diagnóstico casi siempre es el mismo: tienen los datos hechos un bolonqui.
Tienen terabytes de información tirada en la nube, en Google Drive, en servidores viejos, en Excel sueltos. Todo desordenado. Tienen el síndrome de Diógenes digital. Acumulan por las dudas, pero sin ningún propósito.
En la jerga tecnológica hay una frase histórica que hoy es ley sagrada: GIGO, "Garbage In, Garbage Out" (Entra basura, sale basura). Si vos agarrás una licuadora de última generación y le metés adentro un zapato y una cebolla, por más brillante que sea el motor, no te va a salir un licuado de frutilla.
Si en una empresa no hay una gestión inteligente y ordenada de los datos, cualquier proceso de transformación digital o cultural que encares va a fracasar. Y hoy, en la Era de la Humanidad Aumentada, organizar esa información es el paso cero para sobrevivir.
El genio de la lámpara (y el chiste de la privacidad)
Cuando doy charlas o talleres, siempre hay alguien que levanta la mano, preocupado, y me pregunta por la privacidad. "Fede, ¿qué pasa con nuestros datos si usamos IA?".
Yo siempre les respondo en broma (pero muy en serio): “Relajate, Meta, Google y Apple ya tienen todos tus datos desde hace años”. Nos sacaron la radiografía entera para vendernos zapatillas, viajes o hacernos publicidad predictiva. Entregamos la privacidad a cambio de usar mapas gratis y subir fotos del asado.
Pero acá viene el giro que cambia la historia. Con la llegada de cosas como la Personal Intelligence de Google (que conecta a Gemini con todo tu entorno de Workspace), esos datos que estaban ahí juntando polvo, por primera vez, se ponen a trabajar a tu favor.
El modelo de RC se convierte en el genio de la lámpara. Si lo usás mal, es un pasante inútil. Si lo usás bien, es un experto a tu servicio. Por ejemplo, podés darle una instrucción simple: "Ayudame a preparar las reuniones de hoy". Y como la herramienta puede cruzar, en un entorno seguro, tu calendario, tus mails viejos y tus documentos (siempre que los tengas ordenados), te mastica la información en segundos
La reunión de hace 20 años
Te cuento una fresquita. Hace mes y medio estuve en Buenos Aires. Tenía una reunión con los socios de una empresa con la que no trabajaba ¡hace más de veinte años! Antes de entrar, le pedí a Gemini que me ayudara a prepararme y le pasé los nombres de los socios.
En cuestión de segundos, cruzando mis propios archivos históricos en Drive, la máquina me hizo acordar que en el año 2005 yo ya les había hecho un trabajo de consultoría específico. ¡Yo ni me acordaba! Cuando me senté en la mesa y les saqué el tema, los tipos me miraron con los ojos como el dos de oro. Ellos tampoco lo recordaban. Rompimos el hielo, hubo risas y la reunión fluyó de otra manera.
El dato estaba ahí, perdido en mi disco rígido mental e informático. La máquina hizo la fuerza bruta de encontrarlo. Pero el propósito (usar ese dato para generar un vínculo humano en una mesa de Buenos Aires) lo puse yo.
Esa es la clave, amigo lector. El pecado de la Gula en nuestra era no es tener millones de datos; es atragantarse con ellos y tenerlos vacíos de sentido. Si la información no sirve para aliviar un problema, para potenciar un vínculo o para crear algo nuevo, es solo ruido ocupando espacio en el servidor de tu vida.
Pasá de ser el pichón con el pico abierto a ser el arquitecto de tu propio conocimiento. Chau, pecador, ja.